Chispitas de lenguaje; Tiempos perdidos

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Chispitas de lenguaje

Enrique R. Soriano Valencia

Tiempos perdidos

Algunos tiempos verbales se están perdiendo en el habla general. Hay tres de ellos que ya no son del uso regular. Dos, en particular, solo persisten en dichos antiguos y en alguna vieja norma. ¿Se deteriora el idioma? Habrá quien suponga que sí, otros dirán que así sucedió con el latín al originar la mayoría de los idiomas europeos actuales. Pero, ¿por qué pasa eso ahora?

El latín tenía figuras gramaticales que hoy muchas lenguas que evolucionarios a partir de él no tienen. Por ejemplificar, el latín tenía tres participios (pasado, presente y futuro). Al español solo llegó uno. Los otros se transformaron en distintas figuras gramaticales. Por ello, ¿podría asegurarse que el latín se deterioró? Mi opinión es que evolucionó. Para gusto o disgusto de puntos de vista divergentes, es un simple proceso evolutivo, a pesar de simpatías o detractores.

Al español está pasando lo mismo. Formalmente, nuestro idioma tiene diecisiete tiempos verbales. Estos se dividen en tres modos de hablar: el indicativo, el subjuntivo y el imperativo. Sin embargo, en la práctica es que solo se usan de forma regular catorce de ellos.

Los tiempos que por falta de uso solo están enunciados en la Gramática son los dos futuros del subjuntivo y el pretérito anterior o antepretérito del indicativo.

A juicio de los profesores con quienes he discutido esto (particularmente psicólogas de una universidad de reconocido prestigio de Celaya), son varios los factores. Uno de esos, desde luego, es la forma en que se enseña en las escuelas: hacen aprenderse a los alumnos las terminaciones de cada tiempo verbal, pero no su utilidad. Es decir, en la enseñanza se obliga a la memorización y a asociar el nombre con las terminaciones. A la vista de los estudiantes, preocupados más por acreditar que por aprender, les deja sin un conocimientos significativo. Es decir, sin una información que tenga relación directa con el habla cotidiana. Por eso, incluso se desvincula nombre y modalidad de uso con el idioma cotidiano. Entonces, al tiempo difícilmente alguien recuerda cómo se conjugan los verbos y menos aún para qué sirven o qué matices o modalidades introducen en el enunciado.

El pretérito anterior del indicativo es un tiempo que sucede poco antes de otro hecho en pasado: «En cuanto hubo llegado el mensaje, salí corriendo». Ya nadie enuncia así una oración. Prefieren decir: «En cuanto llegó el mensaje, salí corriendo», aunque parezca la misma unidad de tiempo, cuando en la práctica hay disparidad.

Del subjuntivo, nadie usa en la vida cotidiana los futuros. Este modo de hablar refleja posibilidad, por tanto no es algo que se haya realizado o que se esté verificando. Si en el pasado resulta difícil enunciar algo que fue posible, más complicado es en el futuro. En los dichos antiguos se decía «A la tierra que fueres, haz lo que vieres. Así se enunciaría en futuro simple; en el modo compuesto sonaría a: «De la tierra que hubieres ido, admira lo que hubieres conocido».

Estos tiempos son de difícil conceptualización porque son futuros de probabilidad. Es decir, no son hechos consumados, actos que se podrían concretarse, pero sin tener la certeza.

En términos generales los futuros, no solo de este modo, son difíciles de concebir, me indican las psicólogas consultadas. Ello en mucho se debe a que las nuevas generaciones están acostumbradas a la inmediatez de los hechos a poco prefigurarse un futuro más allá de lo cercanía temporal. Incluso la costumbre de los padres de dotar de inmediato, en vez de prometer (desde luego, y cumplir) así como negociar para el futuro hacen difícil que el futuro de probabilidad pueda concebirse en la mente de alguien. Es decir, si la realidad no apoya el proceso de conceptualización, su presencia abstracta es francamente difícil.

Concebir el futuro más allá de lo inmediato, permite o ficilita visiones a largo plazo. Ello, en términos de una planeación, incluso como un plan de vida o profesional, es sumamente importante para el éxito de alguien.

De ahí que resulte doblemente preocupante la poca necesidad de usar un futuro de probabilidad. Estamos condenados no visualizar el futuro.