Desastre, calamidades y otras emergencias

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Chispitas de lenguaje

Desastre, calamidades y otras emergencias

Usar el vocablo preciso, da una idea clara de la magnitud y características de un imponderable. En estos días se han escuchado términos no muy usuales. Natural, un estado de emergencia es una condición de excepción. Por tanto, las palabras aplicables son de uso poco frecuente. Por ello, vale la pena revisar algunos de ellos. La magnitud de los acontecimientos lo amerita.

La palabra ‘desastre’, nos informan las Academias de la Lengua a través de Diccionario de la lengua española, es una «Desgracia grande, suceso infeliz y lamentable». Se usa también en sentido figurativo para indicar «cosa de calidad, resultado, organización, aspecto u otras características muy malos: Un desastre de oficina». También aplica para calificar a una «Persona poco hábil, poco capaz, que lo hace todo mal o a la que todo le sale mal».

Este vocablo nos llega del provenzal. Se compone del prefijo dis-, que indica separación y astre, que implica astro o cuerpo celeste. Se aplicó para cuando un cometa, al entrar a la tierra, se disgregaba en miles de partículas esparcidas en todas direcciones.

La misma fuente señala que ‘catástrofe’ usa para referirse a un «suceso que produce gran destrucción o daño». También se aplica para una «persona o cosa que defrauda absolutamente las expectativas que suscitaba: El estreno fue una catástrofe».

Esta voz llega al español procedente del latín tardío, pero tiene sus antecedentes en el griego. Está compuesta por el prefijo cata-, que tiene el significado de ‘hacia abajo’ y la raíz sophre, que tiene el sentido de ‘voltear’. Es decir, algo que queda en ruinas porque ha quedado volteado hacia abajo.

Otro sinónimo de este tipo de vocablos lo hallamos en ‘cataclismo’. El diccionario oficial define a este término como «gran catástrofe producida por una inundación o por otro fenómeno natural». Por extensión de su significado también aplica a un «gran trastorno en el orden social o político» e, incluso, para un «disgusto, contratiempo, suceso que altera gravemente la vida cotidiana».

El antecedente del vocablo es griego y aplicaba para inundaciones. La raíz, igual que el anterior, viene de cata- que ya dije tiene el sentido de ‘hacia abajo’ y klusmos, que es la acción de mojar.

Otra palabra aplicada a estas vicisitudes trágicas la tenemos con el vocablo ‘calamidad’. El DLE la define como «desgracia o infortunio que alcanza a muchas personas». Esta voz nos viene del latín calamitas que significa ‘azote’, ‘golpe’ o ‘daño’. Aplicó cuando las cosechas se perdían, entonces se les llamaba ‘calamidad’.

Ahora, con los brotes de dengue, no se ha recurrido regularmente el término epidemia –supongo por el pánico que podría ocasionar–, pero bien podría calificarse así su presencia reiterada. El Diccionario define esta voz como «Enfermedad que se propaga durante algún tiempo por un país, acometiendo simultáneamente a gran número de personas». En todo el

Estado se han registrado 510 casos en 2017; el año anterior fueron solo: 44 casos. O sea que el porcentaje se disparó de forma absolutamente desproporcionada. Por ello, debe considerarse si no estamos en condición epidémica, sí a un paso de considearlo.

No obstante todos estos términos para referirse a los acontecimientos del mes que finaliza entre sismos, lluvias y moscos transmisores de enfermedades, la voluntad por salir adelante se manifiesta con creces. Si hemos soportado por mucho tiempo los abusos de quienes llegan a ser autoridad, las calamidades naturales no amilana a este fuerte pueblo mexicano. Cierra el mes de la patria y, no obstante, Viva y vive México.