La Opinión en Así Sucede, El respeto se gana pero no aplica con los padres de familia, Por: Mónica Muñoz

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“El respeto se gana”, le dijo una mujer a su suegra, cuando discutían un asunto importante.  Por supuesto, esta premisa para muchos es cierta, yo me incluyo entre ellos, porque estoy de acuerdo en que en toda relación humana, debe existir un principio de reconocimiento de la dignidad del otro de manera natural, sencillamente por tratarse de un ser humano valioso, único e irrepetible, quien merece todos los miramientos posibles que se le puedan brindar.

Sin embargo, en el caso con el que he iniciado, he mencionado que se trataba de una conversación entre nuera y suegra, en la que la susodicha se refería al respeto que su esposo le debía brindar a su madre.  En otras palabras, pretendía, de manera soberbia, que la progenitora de su cónyuge reconociera que tenía que granjearse el respeto de su propio hijo.

¡Habrase visto tamaña tontería!, no obstante, es lo que muchos padres y madres de familia creen en la actualidad. Piensan que tienen que hacer hasta lo imposible para que sus hijos les otorguen el respeto que merecen, y puntualizo, que no es algo que deban ganarse, sino que Dios se los ha conferido por derecho propio, simple y llanamente porque son sus padres.  Si no, regresemos nuestra mirada al cuarto mandamiento de la Ley de Dios, que el libro del Éxodo destaca dentro de los deberes que tenemos con Él y nuestro prójimo, el cual dice: «Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar» (Ex 20, 12).

El catecismo de la Iglesia Católica, en los números 2197 a 2257, explica a detalle este mandato, que incluye a los mayores, antepasados, maestros y todo aquél que esté investido de autoridad.  Es tan importante que detalla: “La observancia de este mandamiento procura, con los frutos espirituales, frutos temporales de paz y de prosperidad. Y al contrario, la no observancia de este mandamiento entraña grandes daños para las comunidades y las personas humanas.” (No. 2200)

Además, recuerda que los hijos, mayores o menores de edad, deben respeto, es decir, gratitud para quienes, mediante el don de la vida, su amor y su trabajo, han traído sus hijos al mundo y les han ayudado a crecer en estatura, en sabiduría y en gracia. Tal respeto filial  se expresa en la docilidad y la obediencia verdaderas agregando que, mientras vive en el domicilio de sus padres, el hijo debe obedecer a todo lo que éstos dispongan para su bien o el de la familia.

También menciona que, cuando se hacen mayores, los hijos deben seguir respetando a sus padres. Deben prevenir sus deseos, solicitar dócilmente sus consejos y aceptar sus amonestaciones justificadas.

Aclara pertinentemente que la obediencia a los padres cesa con la emancipación de los hijos, pero no el respeto que les es debido, el cual permanece para siempre, porque éste, en efecto, tiene su raíz en el temor de Dios, uno de los dones del Espíritu Santo.

El cuarto mandamiento recuerda a los hijos mayores de edad sus responsabilidades para con los padres. En la medida en que ellos pueden, deben prestarles ayuda material y moral en los años de vejez y durante sus enfermedades, y en momentos de soledad o de abatimiento. Jesús recuerda este deber de gratitud (cf Mc 7, 10-12).

Quiero añadir a lo ya dicho, que, el respeto, efectivamente, se gana con el trato diario y las actitudes usadas para apoyar a los demás, sin embargo, en el caso de los padres de familia, este lineamiento no aplica por las razones expuestas anteriormente, que puedo resumir de manera muy simple: al padre y a la madre, se les debe honrar y respetar por derecho divino.

Aquí no pondremos en tela de juicio a nadie, pues sólo a Dios le toca juzgar si papá y mamá cumplieron con sus deberes de primeros educadores de sus hijos, de lo que se trata es de reivindicar el derecho que gozan los progenitores y que deben inculcar en sus retoños: merecen respeto sólo por ser sus padres y no tienen que hacer nada para ganarlo, más bien les corresponde reforzar esta actitud con su testimonio y ejemplo.

¡Que tengan una excelente semana!