Las aristas del lenguaje

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Columna: Chispitas de lenguaje

Las aristas del lenguaje

Por Enrique R. Soriano Valencia

El idioma es como el aire: solo preocupa cuando está enrarecido. Como es un instrumento de uso cotidiano desde edad muy joven hasta el día de la muerte, su familiaridad es tal que su valoración queda sumida en la indiferencia. Con el idioma se han hecho revoluciones, con la palabra se ha dialogado con el Espíritu Supremo; con los vocablos se han llevado a miles a la guerra; con las palabras de han inventado fantasías; con el lenguaje se ha construido la ciencia.

Y aún con todo ello, le damos poca atención. En los medios abundan las columnas sobre deportes y política. En menor grado, espectáculos y toros. Pero en todos los países muy pocos espacios están dedicados a entender este fenómeno que tiene como currículo haber desarrollado el cerebro de hombre, dotarle de herramientas para conocerse y un papel relevante en el Producto Interno Bruto de un país. Poca atención para un instrumento de papel fundamental para el hombre, pero desvalorado por la cotidianidad.

El idioma es base para entender la realidad. Umberto Ecco ya lo dejaba ver con el nombre de su primera novela, El nombre de la rosa, donde no presenta una sola referencia hacia la planta, pero tampoco a alguien con ese nombre. Como padre de la semiótica (estudio de los símbolos en sociedad), reflejó con una novela detectivesca la Edad Media, sin serlo porque era una fantasía. La palabra rosa nos acerca a la realidad, aún sin tenerla enfrente; porque el idioma propicia la conceptualización. Esta fase superior de las unidades con significado permite comprender que las palabras nos arrastran a una comprensión del entorno, aún sin tenerlo enfrente. De ahí que quien tenga un vocabulario pobre, tendrá una aproximación de la realidad igual de raquítica. Entonces, el idioma nos acerca a la realidad mucho más que la mera observación de un objeto.

En España tienen claro, expone el Instituto Cervantes en su página electrónica, que el idioma contribuye con el 30% del Producto Interno Bruto. En América Latina no se ha cuantificado. Pero es suficiente con observar cómo una televisora logró expandir nuestras frases locales en todo el mundo gracias a la exportación de su serie televisiva. Ya no digamos el mercado que tiene la música en nuestro idioma, o los libros que aquí se producen. Tan solo la comercialización de bienes es más común que las empresas primero volteen hacia los mercados con los que se pueden entender antes de explorar los que tienen otras lenguas.

El idioma también tiene un lugar en la formación de los ejecutivos de empresas o directamente de los emprendedores. Ya incluía la revista Forbes en su edición en español una nota que este articulista había comentado de mucho tiempo atrás: el idioma facilita la organización y emprender ideas. Al redactar, un ejecutivo valora el orden expresivo, los vocablos y el sesgo. Tomar decisiones tiene el mismo proceso. Aprender a escribir o enunciar con eficiencia facilita la costumbre de valorar y tomar decisiones, acto fundamental de cualquier dirección.

Asimismo, lo que no se nombre no existe, dicen los psicólogos. El lenguaje permite atender y comprenderse a sí mismo. La alexitima, por ejemplificar, es un padecimiento de la

personalidad que consiste en la incapacidad de entender los propios padecimientos tan solo por no poder darles nombre o no saber cómo nombrarlos.

Entender el idioma con sus diferentes modalidades y aristas dota al ser humano de enormes recursos pues le facilita comprender la diversidad de caminos por los que transita como sociedad.

Faltan sitios donde se trate, hable o estudie el idioma. Usted, amigo lector, ha llegado a uno de ellos. Sígalo y entérese de las múltiples facetas del idioma, particularmente de nuestro español.