Soñadores, no dreamers

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Chispitas de lenguaje

Enrique R. Soriano Valencia

Soñadores, no dreamers

En la última semana se ha escuchado y leído con regularidad el anglicismo dreamers. Ello a partir del anuncio de Donald Trump de eliminar el subsidio para el programa DACA (por sus siglas en inglés). Este programa fue creado por un decreto del entonces presidente Barack Obama con el objetivo de sacar de la clandestinidad a los migrantes que llegaron antes de los 16 años a Estados Unidos de América.

Los comentarios de la prensa internacional, nacional y local, así como políticos de los diversos poderes y órdenes de Gobierno en México con regularidad usan el vocablo inglés dreamers, en vez de usar el término en español, soñadores. ¿Es tan complejo usar el vocablo en español? ¿Por qué recurrir a una terminología de un país que, al menos desde su Gobierno, hay el manifiesto desapego a todo lo que no procede del interior de sus propias fronteras? ¿Por qué continuar con esa filiación lingüística cuando podríamos desarrollar y fortalecer un muy sólido nacionalismo con nuestro idioma?

Más de un comentarista argumentará su derecho a llamarles dreamers porque  es el nombre que reciben como beneficiarios del programa.  La residencia oficial del Gobierno norteamericano también se llama oficialmente Withe House y en las notas periodísticas todos entendemos perfectamente, y aún con mayor claridad, si le nombran La Casa Blanca. Es decir, que el argumento del nombre no es suficientemente sólido. Además, con enunciar «los llamados soñadores, inmigrados que reciben apoyo en salud y educación para transformarse en ciudadanos norteamericanos», es suficiente y claro.

La propuesta u observación no es un nacionalismo a ultranza, ni mal entendido, el reclamar respeto por nuestro idioma. Es la necesidad de identificarnos con nosotros mismos –más aún en el llamado Mes de la Patria– mediante el fortalecimiento de nuestra cultura. Un factor decisivo de ésta es precisamente el idioma. En la misma medida en que no respetemos el idioma, en ese sentido nuestro cerebro identifica poco respeto, baja valoración,  mínimo respeto por lo que es un elemento natural de identidad. Es parte de nuestra autodevaloración.

Nuestra identidad no radica solo en cantar canciones rancheras o tomar tequila. Nuestra cultura tiene raíces tan fuertes que, incluso, por eso se está imponiendo internacionalmente en noviembre la imagen de La Catrina por encima de La Calabaza norteamericana. Ya en otros años hubo una protesta airada de un funcionario de los Estados Unidos de América por este hecho. Pero no es algo aislado: comida llamada Texmex –que no es otra cosa que tacos, guacamole y especias mexicanas– empieza también a desplazar en Norteamérica la cultura del hot dog y la hamburguesa. En las mismas ciudades americanas mucho se oye la palabra ‘amigo’, con ese tono característico de la pronunciación desde la fonética del inglés, para saludarse entre norteamericanos. Es decir, que nuestro idioma es más fuerte de lo que creemos.

Somos poseedores de una tradición y personalidad cultural mucho más arraigada y fuerte que nuestros vecinos como para que nos afiliemos mediante el idioma a ideas y pensamientos ajenos.  Somos una generación que está cobrando consciencia de la poca simpatía de los grupos económicos fuertes norteamericanos por nosotros y nuestra cultura. Tengamos una respuesta digna y a nivel. Lo menos que podemos hacer es no cambiar nuestra mentalidad y menos aún nuestra lengua. Dejemos de pronunciar twitter o Google con el tono de una  fonética diferente de la nuestra.  Filiarnos a una cultura que nos rechaza desde hace mucho tiempo es improductivo. Defendamos nuestro idioma como factor de identidad nacional.

Los soñadores que tuvieron una visión y esperanza, por la razón que haya sido, en vivir en otro país, merecen nuestro respeto y apoyo; pero fueron soñadores. Hoy, están por perder su sueño por la decisión de antipatía por lo latinoamericano. Es algo que no podemos remediar. Por tanto, lo que corresponde es fortalecernos. Nuestra identidad reclama mayor apego, por tanto, a través de nuestros valores e identidad con nosotros mismo. Eso inicia por el uso y respeto a nuestra lengua.