Trabajo colegiado en el idioma

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Chispitas de lenguaje

Enrique R. Soriano Valencia

Trabajo colegiado en el idioma

El lunes pasado, la Real Academia Española, RAE, decidió aceptar la conjugación «iros» como el imperativo del verbo «ir» (debía decirse «idos»). De acuerdo a reglamento, ahora falta la disposición del resto de las Academias para su formalización, a pesar que en otros países no sea aplicable (para tutear, en España se usa la segunda persona del plural, «vosotros»; en México usamos «ustedes», pero esta voz corresponde al tratamiento de «usted»).

Son varios los aspectos por puntualizar derivados de este anuncio.

Primero: las modificaciones al idioma se consensúan; por más que sea una voz local, es reglamentario que todas las Academias sancionen el tema. Refiero lo anterior porque en las redes sociales me topo regularmente con normas o pronunciamientos achacados solo a la RAE. Cierto es que esta academia es la más antigua y la que dio origen a las otras en cada país. Pero, si de normas se trata, no es la única responsable («no es la dueña del balón»): todas las Academias están involucradas en describir la evolución del idioma.

La puntualización la hago para no responsabilidad a la RAE de aciertos o equívocos (acorde al punto de vista de quien opine) en las actualizaciones a la ortografía, gramática y léxico de nuestro idioma.

Segundo: debemos recordar que los dueños de la lengua son los usuarios. Lejos quedaron los días en que solo los académicos españoles tenían voz y voto. Incluso, la propia RAE propició el crédito y responsabilidad de los especialistas del idioma en otros países.

Los académicos son los científicos del idioma (igual que los de otras ciencias). Su papel es estudiar el fenómeno objeto de su estudio y enunciar las leyes que le caracterizan. Ello significa que de ninguna forma el biólogo le dirá a la célula cómo comportarse. El problema es que muchos toman esos postulados con tal convicción que son incapaces de aceptar o conceptuar un punto de vista diferente… o su simple evolución. Los virus y bacterias de hoy día no son los mismos que hace mil años: se han modificado y, por tanto, se comportan con otras leyes. En todo el Universo eso sucede. «Nada permanece inmutable en el Universo» parece ser el único axioma.

Si la sociedad en su conjunto hubiese atendido la inflexibilidad de los gramáticos (que los hubo), hoy seguiríamos hablando latín, el idioma se hubiere quedado estático y toda la cultura occidental nos entenderíamos en latín. Pero esa condición es imposible. Al cambiar la sociedad, el idioma obligadamente debió también modificarse. Actualmente, en el Vaticano, el único lugar donde conservan el latín como idioma oficial, sus habitantes deben recurrir a una explicación larga para referirse a los cajeros automáticos para las tarjetas de débito y crédito.

En este sentido, tampoco lleguemos al maniqueísmo para dejar al garete el idioma. Es decir, por suponer que todo debe modificarse, dar cabida a todo aspecto. Así como todas las ciencias aportan para que la sociedad viva en mejores condiciones, así los lineamientos del idioma propician (al menos esa es la pretensión) una mejor comunicación. Describir y enunciar las características de la lengua en un momento determinado, auxilia a la mejor comprensión de ideas y pensamientos variados. Si una persona no mexicana escucha la palabra «güey», el Diccionario le informa de nuestro regionalismo y de inmediato se informa de su definición.

Tercero: y aquí está el siguiente factor por considerar. Esta es la lógica para recoger y dar cabida en los documentos académicos del idioma temas que para algunos representa una degradación. Es decir, incorporar al diccionario oficial voces como «chido», «güey» (términos locales) pero también otras formas de hablar como «amol» por «amor», como dicen en el Caribe; o admitir sin tilde (acento gráfico) el adverbio «solo» (sinónimo de «únicamente») frente al adjetivo «solo»; que se pueda enunciar sin tilde los pronombres demostrativos (este, ese, aquel; incluye sus femeninos y plurales); que «guion» sea preferente sin tilde; o que se admita el sentido de ‘extraño’ para la palabra «bizarro». Es decir, que se haya actualizado el idioma en muchísimos aspectos y para otros tantos hablantes.

El idioma es un instrumento que aparece con las características naturales del ser humano. La evolución del homo sapiens no se ha detenido. Por lo tanto, todo alrededor del propio humano debe registrar modificaciones. El idioma no es la excepción.

Con este tipo de adecuaciones, justificadas en la medida que buena parte de la población las usan, las Academias dan unidad al idioma. O al menos, al quedar en sus documentos, saber interpretar correctamente a cualquier persona de cualquier nacionalidad. Así, nuestro idioma, de alguna forma, no pierde unidad y sí se propicia que siga siendo la lengua de 500 millones de seres humanos.